Siempre
he creído firmemente que no hay despedidas eternas. Porque, aunque le digas adiós
a una persona, tarde o temprano la vuelves a encontrar, quizás por la calle, en
la cafetería, en un centro comercial, cuando te vas de vacaciones…
Y
si no ocurre nada de eso, algún día vuelves a verla reflejada en los ojos de
otra persona, y aunque el hombre sea distinto el sentimiento es el mismo, lo
que hace que recuerdes con nostalgia y a veces con arrepentimiento todos esos
momentos que rozando la perfección desaparecieron en unos instantes.
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Tuve
yo hace tiempo a una profesora de la que todos decían que estaba loca. Yo
opinaba lo mismo hasta que la conocí. Era una pobre mujer, que ya superaba los
cincuenta años, que quizás no explicaba mucho de su materia y nos contaba
demasiadas cosas de su vida, pero, aún así, nos daba grandes lecciones que yo
nunca desaprovecharé.
Un
día entramos en clase y como de costumbre nos fuimos sentando en nuestros
correspondientes sitios. Ella tardó un poco en llegar, como hacía
habitualmente, y se disculpó con nosotros, contándonos que una mujer la había
entretenido en un bar.
Un
amigo mío del que ya no recuerdo nombre, probablemente harto de que diese
tantos datos de su vida personal, le dijo: “¿Y qué nos importa a nosotros esa
señora?”.
La
profesora le miró con un brillo de tristeza en la mirada, y le contestó: “Querido
Alumno, esa señora que a ustedes no les importa, es la actual pareja de un
antiguo novio mío con el cual perdí el contacto hace mucho, mucho tiempo. Este
chico, cuando éramos jóvenes, me llevaba de la mano todos los días al parque, y
me contaba historias que jamás olvidaré, y es que fue mi primer amor. Pero lo
realmente importante de esto, es que creí que estaba muerto, hasta el día de
hoy”.
Y
es que, antes de criticar a alguien, recuerda: tú crees que los conoces, pero
no es así.
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